Te he visto reflejado en muchos lados.
En la sonrisa de una persona.
En los límites que salían de mi boca.
En los ojos agradecidos de un muchacho
que ni siquiera habla mi idioma.
Te he visto en altos, bajos
En sonidos, y aún más, en silencios.
Gracias por regalarme tu presencia,
mi Señor, oh Dios,
por acompañarme en este viaje,
y confiarme.
Que no pierda de vista que eres
un Dios danzante,
suave,
y que me deje llevar para poder sentirte,
verte.
Y decir así con júbilo:
¡Aquí estás, Dios mío!
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